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¿Por qué hipocresía?

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Este texto en español es una traducción automática del original turco y puede contener errores.

¡Por qué hipocresía y no con todo el corazón!

Esto —ser «de todo corazón»— es una cualidad que Dios desea encarecidamente en la relación de una persona con Él, después de buscar a Dios y después de suponer que se le ha encontrado. ¿Qué significa este estado de ser de todo corazón? ¿Cómo ha de saber una persona si sirve y cree en Dios con todo su corazón, o todo lo contrario? ¡Si tan solo hubiera una especie de medidor que pudiéramos poner sobre nuestro corazón, para medir y comprender cuán entero está nuestro corazón en ese momento! Por supuesto que no existe tal cosa, pero hay Uno que lo ve: Dios. Y es algo que nosotros mismos debemos sin duda ver, y esforzarnos por ver.

Si pensamos en un pastel redondo y lo cortamos por el medio, ¿qué decimos? Decimos que dividimos el pastel en dos. Podemos dividir este pastel en muchos pedazos así. Nuestro corazón también puede compararse con esto. Por los valores que tenemos por encima de todo, dividimos nuestro corazón. Por ejemplo, ocupamos y dividimos nuestro corazón, asignando una parte a nuestros placeres y aficiones, una parte al afán de adquirir bienes y propiedades, una parte a nuestros hijos, a la belleza, a los del sexo opuesto, a nuestro automóvil, a comer y beber, a nuestros muebles, o a hacer carrera, a nuestras preocupaciones, a nuestra pobreza, a nuestras enfermedades, etcétera. Si todavía queda un poco de sitio, quizá asignemos también esa parte sobrante a Dios, bajo el nombre de culto —en cualquier forma, según los países y las religiones a los que casualmente pertenecemos, haciéndolo como si fuera un deber. Cuanto más ocupan nuestro corazón todas estas y cosas semejantes, cuanto más hemos atado nuestro corazón a esas cosas, tanto más hemos dividido nuestro corazón en pedazos. Pero nuestro Creador quiere sin duda que nos acerquemos a Él con un corazón entero, totalmente indiviso.

Si queremos permanecer en una buena relación con nuestro Creador, debemos poder decir, como dijo Su siervo David:

«Oh Dios, examíname y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Y ve si hay en mí camino de perversidad.» (Salmos 139:23-24)

En realidad, tener exactamente semejante actitud de corazón debería ser ineludible para nuestra salvación. ¿A cuántas personas conocéis que se atreverían a orar así? En vuestra opinión, ¿cuántas personas podrían decir a Dios «conoce mi corazón, pruébame»? ¿Y vosotros mismos? La gente ni siquiera soporta oír que Dios tiene la cualidad de verlo todo. No son pocos los que incluso dicen: «Si Dios lo ve todo, entonces yo no creeré en semejante Dios.» Y algunos, aun sin tener duda alguna de que el Dios en quien dicen creer lo ve todo, viven, piensan, actúan y hablan como si ese Dios en quien creen no viera nada. ¡O si ve, ve a todos, pero no a esa persona!

Cuando leemos estas palabras, a veces objetamos de inmediato. ¿Qué, entonces, no hemos de trabajar, ni comer, ni divertirnos? Si nuestros corazones quedan divididos por los ejemplos arriba enumerados, y si por ello Dios nos culpa, entonces no vivamos siquiera. Pues toda persona hace estas y cosas semejantes.

Este es precisamente el asunto que debemos comprender. Si no podemos ver y captar esta diferencia, significa que estas palabras no tendrán sentido para nosotros. Si ilustro con un versículo por qué Dios quiere que vengamos a Él con todo el corazón, quizá me sea más fácil explicar el tema. Veamos, pues: al hacer las cosas que mencioné arriba, ¿está nuestro corazón siempre dividido, o no lo está?

En la sección de Mateo del Evangelio, Jesús, hablando de los últimos días, advirtió: «Como fueron los días de Noé, así también será la venida del Hijo del Hombre (Jesús). Porque en los días anteriores al diluvio, hasta el día en que Noé entró en el arca, la gente comía y bebía, se casaba y se daba en casamiento; y así como no supieron nada hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así también será la venida del Hijo del Hombre.» (Mateo 24:37-39)

Ahora podemos preguntarnos esto: «Había oído que en tiempos del profeta Noé Dios destruyó a todos los que vivían en la tierra a causa de sus pecados; pero si Jesús dijo esto, ¿qué quiso decir? Pues si, respecto de los últimos días o de los días de Noé, Jesús hubiera usado ejemplos como ‘la gente es malvada, violenta, inmoral, amante de sí misma y del dinero por encima de todo, asesina, calumniadora, ladrona, incapaz de dominar sus deseos…’, entonces lo entendería. Pero Él habló de gente que ‘come, bebe, se casa y se da en casamiento.’ ¿Qué hay de malo en esto, o por qué habría de ser pecado?» — tales preguntas pueden rondar nuestra mente.

Sí, en realidad comer, beber y casarse no son pecados. Dios nos dio a los humanos estas cualidades en primer lugar. Pero si asignamos toda nuestra mente y corazón solo a estas cosas, y no nos importan en absoluto asuntos como cuál es el propósito de Dios respecto de nosotros, por qué traerá un fin, qué espera de mí como ser humano — entonces significa que no damos lugar a esas cosas en nuestro corazón. En resumen, a lo que demos prioridad y primer lugar en nuestro corazón, lo que tengamos por más importante en primer plano aparte de la voluntad de Dios — eso es lo que no está bien. Por supuesto que comeremos, beberemos y nos casaremos. Pero si tenemos esto por encima de todo y le damos el lugar primordial en vez de a la voluntad de Dios, entonces se vuelve incorrecto. Porque Jesús lo sabía, usó este ejemplo respecto de los últimos días. Es un ejemplo muy apropiado para nuestro tiempo. Por desgracia la gente piensa solo en estas cosas. Aunque todo esté en sus mentes, Dios no está, ni conocimiento alguno de Su propósito. Estos temas les parecen muy aburridos. De hecho, a causa de la poca comodidad que poseen, la mayoría de la gente puede incluso decir: «Yo no tengo necesidad de Dios.» En nuestro tiempo, semejante insolencia ya ni siquiera se considera vergonzosa. Para ellos, Dios es como alguien que aparta a la gente de toda clase de felicidad, que traza límites — un ser castigador y fastidioso.

Pero junto a todos estos, ¿no hay gente religiosa? Es decir, ¿está toda la humanidad siempre lejos de Dios? ¡La mano y la lengua de la religión siempre han sido muy largas! Un mundo cristiano de casi 2.300 millones, un mundo musulmán de 1.400 millones, hindúes más o menos de 889 millones, y qué más hay en nuestra tierra. (*Según un informe de 2009 la población mundial es de 6.790 millones de personas. CIA (ed.) 2009 – Wikipedia –) Todos ellos dicen creer en Dios. Muchos van a la muerte por esta causa sin pestañear. Pero cuando os adentráis entre ellos, salvo excepciones, ninguno de ellos ni vive las palabras del libro en que cree, en su vida, ni se toma la molestia de aprenderlas. Todo lo contrario: los que entre ellos han aprendido y leído se han metido, con actitudes fanáticas, faltas de amor, hipócritas, presuntuosas o de falsa humildad, en la sangre de miles de millones de personas. Mientras que nuestro Creador dice claramente:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» (Evangelio — Marcos 12:30-31)

Francamente, con estos versículos Dios indica que no le agrada una relación a medias, y que jamás nos aceptará con hipocresía. Por mucho que estas religiones, a causa de sus actitudes engañosas, no gocen de tal simpatía entre estas sociedades en nuestro tiempo, ellas son las responsables de nuestro presente mundo inmoral, perverso y lleno de sufrimiento. La religión y los religiosos no nos dieron a conocer al Dios verdadero, a nosotros, la humanidad. Con cuentos de hadas e historias perversas se esforzaron siempre por esclavizar a la humanidad a sí mismos. Coronaron a dictadores y los saludaron según esos dictadores. No solo colaboraron con los políticos; ellos mismos hicieron política y se aseguraron asientos usando el nombre de Dios. Aplastaron a la gente. A las ovejas que pastoreaban y debían proteger, no les dieron nada espiritualmente. Trajeron solo muerte, odio, genocidio, miseria, división. Pues, como también dijo Jesús, todos ellos son lobos que vienen con piel de oveja pero que en realidad son rapaces. Para los que dudan de cuál de estos es correcto y cuál incorrecto, Jesús da un ejemplo muy claro:

«Así, todo árbol bueno da buen fruto, pero el árbol podrido da mal fruto. El árbol bueno no puede dar mal fruto, ni el árbol podrido dar buen fruto…. Así que por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre (Dios) que está en los cielos.» (Mateo 7:17-21)

¿No saben estos religiosos que todo esto es así? La Primera y la Segunda Guerra Mundial transcurrieron en su mayor parte entre el mundo cristiano. Mientras los sacerdotes, con las Sagradas Escrituras en sus manos, oraban a Dios para bendecir a los soldados que al día siguiente irían al frente; esa misma tarde, un sacerdote de otro país considerado enemigo, con el mismo libro, en otra iglesia, con una oración de bendición semejante, ¡suplicaba a Dios que sus propios soldados mataran y destruyeran al otro bando! ¡Aun cuando en el libro que tenían en sus manos leían:

«Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos»! (Mateo 5:43-45)

¿Cómo se ha de llamar a estas oraciones? Yo lo llamo hipocresía; si conocéis una palabra mejor, decidla.

Imaginad que llegáis a casa, y desde dentro un grito clama: «¡Madre, padre, ayúdame a matar a mi hermano!» Miráis, y es una escena espantosa: dos hermanos forcejeando, uno debajo, el otro encima, uno con un cuchillo en la mano a punto de clavarlo, pero le falta fuerza, se esfuerza, y por esto quiere vuestra ayuda. Ambos gritan del mismo modo: «Padre, ayúdame, ayúdame para que pueda matar.» ¿A cuál ayudáis? ¿Decís: «Qué cosa más absurda — a ninguno de los dos»? Esta es exactamente la clase de cosa absurda que hicieron estos religiosos. Empujaron a millones a la muerte. Por sus intereses, sus ganancias, porque tenían miedo. Estas oraciones no salieron del libro que tenían en sus manos, sino de la corrupción de sus corazones. ¿Eran enteros estos corazones suyos ante Dios? Decimos «no». Y Dios se asqueó de lo que hicieron. Y bien, ¿aprendieron estas personas una lección de estos sucesos pasados? Mirad nuestro mundo, y dad vosotros mismos la respuesta.

Nuestro objetivo no es apartarnos y culpar a otros. Es aprender una lección de las faltas de otros y no hacer lo mismo. Pues si, en los sucesos de que hemos hablado, primero nos vemos a nosotros mismos, nos examinamos, y nos edificamos para hacer lo bueno como el profeta David; si buscamos a Dios con un corazón totalmente indiviso, incondicionalmente; entonces en este tiempo nuestro, cuando en cualquier momento lo que sucederá es incierto, podéis estar seguros de que encontraremos al Dios verdadero. Pues está escrito: «Porque Dios busca a los que le adoran en espíritu y en verdad.» (El Evangelio, la sección de Juan, versículos 4:6-26)

Con este breve escrito, quise animaros a tomar las Sagradas Escrituras conocidas como la Torá, los Salmos, el Evangelio y el Corán, y por todos los medios comenzar a leerlas.